Villette

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Llegó de tan buen humor que pareció entrar un nuevo rayo de sol en aquella clase tan luminosa. La luz de la mañana, que jugaba entre nuestras macetas y reía alegre en nuestras paredes, brilló con más intensidad tras el afectuoso saludo de monsieur Paul. Como buen francés (aunque no sé por qué digo esto, pues su ascendencia no era francesa ni de Labassecour), se había vestido para la ocasión. No oscurecía su figura el siniestro paletôt de vagos pliegues, negro como el carbón, que le daba aquel aire de conspirador; al contrario, monsieur Paul (tal como era, no estoy vanagloriándome de su físico) llevaba una elegante chaqueta y un chaleco de seda que daba gusto contemplar. El pagano y desafiante bonnet-grec había desaparecido: se acercó a nosotros con la cabeza descubierta, llevando en la mano enguantada un sombrero cristiano. El hombrecillo estaba pero que muy favorecido; en sus ojos azules brillaba la amistad, y en su tez oscura los buenos sentimientos; todo eso reemplazaba a la belleza: daba igual que su nariz, aunque estuviera lejos de ser pequeña, no tuviese ninguna forma especial, y que sus mejillas fueran delgadas, su frente ancha y bien marcada, sus labios poco sonrosados: se le aceptaba como era, y su presencia era la antítesis de la frialdad o la insignificancia.

Se dirigió a su mesa; dejó en ella el sombrero y los guantes.


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