Villette
Villette La puerta entornada me dio la oportunidad de asegurarme. Miré. Y ¿qué vi? No el atuendo de inspectora de madame Beck —su chal y su gorro impecable— sino el abrigo, y la cabeza de cabellos cortos y oscuros de un hombre. Aquel individuo ocupaba mi silla; su mano aceitunada sujetaba la tapa del pupitre, su nariz estaba escondida entre mis papeles. Se hallaba de espaldas a mÃ, pero su identidad no era ningún misterio. Se habÃa quitado el traje de ceremonia, y volvÃa a llevar su querido paletôt con manchas de tinta; el perverso bonnet-grec yacÃa en el suelo, como si acabara de caérsele de aquella mano tan culpablemente atareada.