Villette
Villette Pero, por fin, lo tenÃa ante mÃ: allà estaba, el mismÃsimo duende; y, saliendo en espirales de sus labios, el humo azul pálido de su querido tabaco indio: monsieur Paul fumaba en mi pupitre, ¡cómo no iba a traicionarse! Enojada por ese detalle y, sin embargo, contenta de sorprenderlo —más que contenta, con los sentimientos encontrados de un ama de casa que descubre finalmente a su extraño y diminuto aliado haciendo manteca en la lecherÃa antes de tiempo—, me coloqué sigilosamente tras él, e incliné con precaución el cuerpo hacia delante.
Mi corazón se conmovió al ver que —después de la hostilidad de la mañana, después de mi aparente negligencia, después de haber herido sus sentimientos y de haberle hecho perder los estribos— monsieur Paul, dispuesto a perdonar y olvidar, me habÃa traÃdo dos hermosos volúmenes, cuyos tÃtulos y autores garantizaban su interés. Inclinado sobre mi pupitre, revolvÃa en su interior; pero con mano suave y cuidadosa: desordenando las cosas, pero sin estropear nada. Mi corazón se conmovió: cuando me incliné sobre él, sentado sin ser consciente de mi presencia, haciéndome todo el bien que podÃa, supongo que sin estar enojado conmigo, mi indignación de la mañana desapareció: no me disgustaba el profesor Emanuel.