Villette

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Creo que me oyó respirar. Se volvió de repente: su temperamento era nervioso, pero jamás se sobresaltaba, y rara vez se sonrojaba o palidecía; había cierta fortaleza en su persona.

—Pensé que se había marchado a la ciudad con las demás profesoras —exclamó, intentando conservar un poco de serenidad a pesar de todo—. Da igual. ¿Acaso cree que me importa ser descubierto? En absoluto. Visito a menudo su pupitre.

—Lo sé, monsieur.

—De vez en cuando encuentra una pequeña revista o un libro; pero, como han pasado bajo estos efluvios —añadió, señalando su cigarro—, usted no los lee, ¿verdad?

—Es cierto que lo han hecho, y no creo que mejoren con ello, pero claro que los leo.

—¿Sin disfrutar?

—No debo contradecir a monsieur.

—¿Le gustan todos, o alguno de ellos? ¿Le parecen apropiados?

—Monsieur me ha visto leerlos cientos de veces, y sabe que no tengo tantas distracciones como para subestimar las que él me ofrece.

—Mis intenciones son buenas; y, si usted lo sabe y mis esfuerzos le proporcionan un poco de entretenimiento, ¿por qué no podemos ser amigos?

—Un fatalista diría… porque no podemos.


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