Villette
Villette —Esta mañana —prosiguió—, me he despertado de un humor excelente y he entrado feliz en classe; usted me ha estropeado el dÃa.
—No, monsieur, sólo una hora o dos, e involuntariamente.
—¿Involuntariamente? No. Era el dÃa de mi fête; todo el mundo me ha felicitado excepto usted. Las pequeñas del tercer curso me han regalado un ramillete de violetas cada una, y no ha habido ninguna que no ceceara alguna palabra de cortesÃa: y usted… nada. Ni un capullo, ni una hoja, ni un susurro… ni una mirada. ¿Le parece eso involuntario?
—No pretendÃa hacerle daño.
—Entonces ¿de veras no conocÃa nuestra costumbre? ¿La cogió por sorpresa? De haber sabido lo que se esperaba, ¿habrÃa gastado unos pocos céntimos en una flor para complacerme? DÃgamelo; todo caerá en el olvido, y mi dolor se calmará.
—Sà sabÃa lo que se esperaba, monsieur: no me cogió por sorpresa; pero no gasté ni un céntimo en flores.