Villette
Villette Monsieur Paul abrió en seguida su paletôt, y se colocó con gracia la leontina en el pecho, allà donde resultaba más visible: pues no sabÃa ocultar lo que admiraba y consideraba decorativo. En cuanto a la cajita, declaró que era una magnÃfica bonbonnière —le encantaban los dulces, dicho sea de paso— y, como siempre le gustaba compartir las cosas que le agradaban, repartÃa sus dragées[298] con la misma generosidad con que prestaba sus libros. Entre los obsequios que el bondadoso duende dejaba en mi pupitre, he olvidado mencionar los bombones de chocolate. Sus gustos en esas cuestiones eran muy meridionales y, a nuestros ojos, infantiles. Su sencillo almuerzo consistÃa a menudo en un brioche que, la mitad de las veces, compartÃa con una de las pequeñas del tercer curso.
—À présent c’est un fait accompli[299] —exclamó, poniéndose bien el paletôt; y el asunto quedó zanjado.
Después de inspeccionar los dos libros que habÃa traÃdo, y de recortar varias páginas con su navaja (generalmente los podaba antes de prestarlos, sobre todo si eran novelas, y algunas veces me molestaba la severidad de su censura, pues los cortes interrumpÃan el relato), se puso en pie, rozó educadamente con la mano el bonnet-grec, y se despidió con la mayor cortesÃa.
«Ahora somos amigos —pensé—, hasta la próxima vez que discutamos».