Villette
Villette Contra todo pronóstico, monsieur Paul regresó a la hora del estudio. Había estado tanto tiempo con nosotras por la mañana que nadie esperaba que volviera a última hora. No acabábamos de sentarnos en el refectorio, sin embargo, y apareció. Reconozco que me alegré de verlo, hasta tal punto que lo recibí con una sonrisa; y, cuando se dirigió al mismo lugar que había propiciado antes un grave malentendido entre nosotros, tuve cuidado de no dejarle demasiado espacio; él lanzó una mirada celosa, de soslayo, para ver si yo le rehuía, pero no lo hice, aunque el banco no estaba muy lleno. Estaba perdiendo mi antiguo impulso de esquivar a monsieur Paul. Acostumbrada al paletôt y al bonnet-grec, la cercanía de esas prendas había dejado de parecerme incómoda o temible. Ya no me sentía cohibida, asphyxiée (como decía él), a su lado; me movía cuando tenía ganas de moverme, tosía cuando era necesario, incluso bostezaba cuando estaba cansada: hacía, en pocas palabras, lo que deseaba, confiando ciegamente en su indulgencia. Mi temeridad tampoco encontró, al menos aquella noche, el castigo que tal vez merecía; monsieur Paul se mostró bondadoso e indulgente; no salió una mirada iracunda de sus ojos, ni una palabra colérica de sus labios. No se dirigió a mí hasta el final de la velada, pero yo sentía, de algún modo, que rebosaba cordialidad. Hay muchas clases de silencio, y sus significados son muy diferentes; ninguna palabra podía inspirarme tanta alegría como la presencia callada de monsieur Paul. Cuando trajeron la bandeja y empezó el ajetreo de la cena, se limitó a decirme, al retirarse, que me deseaba buenas noches y unos sueños muy felices; y pasé una buena noche y mis sueños fueron muy felices.