Villette
Villette No obstante, aconsejo al lector que no se apresure a sacar conclusiones, o a suponer con impetuosa generosidad que, a partir de ese día, monsieur Paul se convirtió en una persona diferente, con la que fuera fácil convivir, y que hubiera dejado de sembrar el temor y la inquietud a su alrededor.
No; era por naturaleza un hombrecillo muy poco razonable. Cuando tenía demasiado trabajo, lo que ocurría con frecuencia, se volvía sumamente irritable; y, además, sus venas estaban oscurecidas con una tintura púrpura de belladona, la esencia de los celos. No me refiero sólo a los tiernos celos del corazón, sino a ese sentimiento más rígido e intolerante que se alberga en la cabeza.
Cuando observaba a monsieur Paul, con el ceño fruncido o sacando el labio inferior, mientras corregía algún ejercicio mío donde no encontraba tantas faltas como él deseaba (pues le gustaba que yo me equivocara: un puñado de errores le sabía tan dulce como un racimo de uvas), yo a veces pensaba que tenía algunos puntos en común con Napoleón Bonaparte.
