Villette

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En lugar de marcharse con dignidad, como podría haber hecho aún, arrojó el guante del desafío. Madame Panache, belicosa como una Pentesilea[302], lo recogió en seguida. Dejó la marca de sus dedos en el rostro del entrometido, y vertió sobre él un torrente de palabras. Monsieur Emanuel era elocuente; pero madame Panache era locuaz. De ahí surgió un feroz antagonismo. En lugar de reírse de su hermosa enemiga, de su exagerado amour propre, y de su fuerte presunción, monsieur Paul la detestó con inusitada intensidad; la honró con su furia desenfrenada; la persiguió rencorosa e implacablemente, negándose a descansar tranquilo en su lecho, a sacar el debido provecho de sus comidas, o incluso a disfrutar de su cigarro, hasta que ella fuera expulsada del establecimiento. El profesor se salió con la suya, pero no puedo decir que los laureles de la victoria ensombrecieran graciosamente sus sienes. Una vez me aventuré a insinuárselo. Con gran sorpresa mía, reconoció que podía tener razón, pero aseguró que, cuando trataba con hombres o mujeres tan vulgares y pagados de sí mismos como madame Panache, era incapaz de dominar sus pasiones; un odio desenfrenado lo empujaba a una guerra de exterminio.





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