Villette

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Pasaron dos horas sin que yo me diera cuenta. Antes de despertarme, el sol se había ocultado tras los altos edificios, y el jardín y el aula se habían vuelto grises, las abejas habían regresado a sus colmenas, y las flores empezaban a cerrarse; el grupo de invitados también había desaparecido; todos los senderos estaban desiertos.

Al abrir los ojos, me sentí muy cómoda: no tenía frío, como hubiera sido lógico después de casi dos horas de inmovilidad; mi mejilla y mis brazos no estaban entumecidos por la dureza de la mesa. No era extraño. En vez de la madera desnuda donde los había apoyado, encontré un grueso chal cuidadosamente doblado, y otro chal (habían cogido ambos del pasillo, donde colgábamos esa clase de prendas) me envolvía cálidamente.

¿Quién había hecho aquello? ¿Quién era amiga mía? ¿Cuál de las profesoras? ¿Cuál de las alumnas? Ninguna, excepto Zélie St Pierre, se mostraba hostil conmigo; pero ¿cuál de ellas tenía el arte, el juicio, el hábito de dispensar tanta ternura? ¿Cuál de ellas tenía el paso tan silencioso y la mano tan delicada que ni siquiera advertí su presencia cuando se acercó a mí para arroparme mientras dormitaba?

En cuanto a Ginevra Fanshawe, aquella joven y brillante criatura no era nada delicada y, si hubiera intervenido, estoy segura de que me habría hecho caer de la silla.


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