Villette
Villette ¡Cuánta animación habÃa en el rostro de Graham! ¡Qué auténtica, desbordante y, al mismo tiempo, tÃmida parecÃa la alegrÃa que expresaba! Aquella situación, aquella combinación de circunstancias era de las que mejor podÃa atraer y encadenar, someter y excitar al doctor John. La perla que admiraba tenÃa un gran valor y su pureza era extraordinaria, pero él no era un hombre que, al admirar la gema, olvidara su engaste. Si hubiera visto a Paulina con la misma juventud, belleza y encanto, pero a pie, sola, sin vigilancia, y vestida con sencillez —una trabajadora, una demi-grisette—, la habrÃa considerado una hermosa criatura, y habrÃa disfrutado contemplando su semblante y sus movimientos; pero se necesitaba algo más para conquistarlo y que se rindiera como ahora, para someterlo sin menoscabo de su honor masculino, sino todo lo contrario. Al doctor John le importaba mucho la opinión de los demás; no bastaba que él se sintiera satisfecho; la sociedad debÃa dar su beneplácito: el mundo debÃa admirar lo que él hacÃa; de lo contrario, consideraba sus actos equivocados y triviales. A su vencedora le exigÃa cuanto ahora era visible: la impronta de un gran refinamiento, la consagración de una cuidadosa y autoritaria protección, y los aditamentos que la Moda decreta, la Riqueza compra y el Gusto armoniza. Ésas eran las condiciones que su espÃritu estipulaba antes de rendirse: en el caso que nos ocupa se cumplÃan con creces; y ahora, orgulloso, apasionado, y, sin embargo, temeroso, rendÃa homenaje a Paulina como su soberana. En cuanto a ella, una sonrisa sincera, más que de consciente poder, reposaba dulcemente en su mirada.