Villette
Villette —Es cierto que me inspiran muy poco respeto esas mujeres o jovencitas que muestran una gran locuacidad tanto para vanagloriarse de sus triunfos como para lamentarse de sus sufrimientos. Pero usted, Paulina, hable sin miedo, pues deseo de todo corazón escucharla. DÃgame cuanto le procure satisfacción o le sirva de alivio; es lo único que pido.
—¿Siente afecto por mÃ, Lucy?
—Claro que sÃ, Paulina.
—Yo le tengo mucho cariño. Siempre me ha embargado una extraña alegrÃa al estar con usted, incluso cuando era un niña pequeña, desobediente y difÃcil; entonces me agradaba dedicarle travesuras y caprichos. Ahora me gusta su compañÃa, hablar con usted y confiarle mis secretos. De modo que escúcheme, Lucy.
Y se sentó cómodamente, apoyándose en mi brazo con delicadeza, no con el peso agobiante y egoÃsta de la señorita Fanshawe.
—Hace unos minutos me preguntó si habÃamos tenido noticias de Graham durante nuestra ausencia, y le dije que papá habÃa recibido dos cartas de negocios; era cierto, pero no le conté todo.
—¿Omitió algo?