Villette
Villette Un reloj desconocido de una torre desconocida (la voz de St Jean Baptiste se hallaba ahora demasiado lejos para resultar audible) estaba dando las seis menos cuarto cuando llegué a la calle y a la casa cuya dirección me había dado madame Beck. No era ninguna calle, más bien formaba parte de una plaza; era un rincón muy tranquilo: la hierba crecía entre las grandes losas grises, las casas eran espaciosas y parecían muy antiguas; tras ellas se elevaban algunos árboles, que indicaban la presencia de jardines en la parte trasera. La antigüedad revoloteaba por aquella zona, de la que los negocios estaban desterrados. Hombres adinerados habían habitado en otro tiempo aquel barrio, y sus calles habían conocido el esplendor. Aquella iglesia, cuyos lúgubres y ruinosos campanarios dominaban la plaza, fue antaño el venerable y opulento santuario de los Reyes Magos. Pero hacía mucho tiempo que la riqueza y la grandiosidad habían extendido sus alas doradas y habían huido de allí, dejando sus antiguos nidos, tal vez para albergar a la Penuria, tal vez para continuar fríos y solitarios, desmoronándose sin ocupantes mientras se sucedían los inviernos.