Villette
Villette Mientras cruzaba aquella place desierta, cuyo empedrado oscurecían lentamente unas gotas casi tan grandes como las monedas de cinco francos, no vi en toda su extensión ninguna señal de vida, si exceptuamos la figura de un anciano y endeble sacerdote que avanzaba encorvado con la ayuda un bastón: la viva imagen de la vejez y la decrepitud.
Había salido de la casa donde yo me dirigía; y, cuando me detuve ante la puerta que acababa de cerrarse y toqué la campanilla, él se volvió para mirarme. Y tardó bastante en apartar la vista; es posible que, con mi cesta de frutos veraniegos y sin la dignidad que confieren los años, yo le pareciese fuera de lugar en aquel escenario. Sé que, si me hubiera abierto la puerta una bonne joven y de mejillas sonrosadas, habría pensado que no pegaba con la casa; pero, cuando me encontré frente a una mujer muy vieja con un antiguo traje de campesina, una cofia tan horrible como costosa, grandes solapas de encaje de la región, enaguas, chaqueta de paño y zuecos más semejantes a pequeños barcos que a zapatos, no sentí la menor extrañeza.