Villette
Villette La expresión de su rostro no era tan tranquilizadora como el corte de su atuendo; rara vez he visto a alguien más arisco; apenas respondió cuando le pregunté por madame Walravens; creo que me habrÃa arrancado de la mano la cesta de fruta si el viejo sacerdote, cojeando, no la hubiera detenido y hubiera escuchado personalmente mi mensaje.
A causa de su sordera, le costó un poco entender que yo debÃa ver a madame Walravens y entregarle la fruta. Finalmente, sin embargo, comprendió que me habÃan dado esa orden y tenÃa que cumplirla al pie de la letra. Dirigiéndose a la anciana bonne, no en francés sino en la lengua aborigen de Labassecour, el sacerdote logró convencerla de que me dejara cruzar el inhóspito umbral, y, acompañándome al piso de arriba, me hizo pasar a una especie de salón, donde me dejó.
La estancia era grande y tenÃa un hermoso techo, muy antiguo, y unos ventanales con vidrieras de colores semejantes a los de una iglesia; pero estaba vacÃa y, con la tormenta que se avecinaba, parecÃa envuelta en una extraña penumbra. Desde ella se accedÃa a un pequeño gabinete; pero éste tenÃa cerradas las persianas de su única ventana; en medio de la oscuridad, se vislumbraban algunos detalles de su mobiliario. Me entretuve un rato intentando distinguirlos; me sentà especialmente atraÃda por el contorno de un cuadro que colgaba en la pared.