Villette
Villette Y me pidió tan encarecidamente que volviera al salón que habrÃa sido una descortesÃa por mi parte negarme. El gabinete contiguo estaba mejor amueblado y era más habitable; y allà me condujo. Levantó un poco las persianas, dejando ver lo que se asemejaba más a un oratorio que a un boudoir, una pequeña cámara muy solemne, que parecÃa más dedicada a las reliquias y los recuerdos que al uso cotidiano y la comodidad.
El buen sacerdote se sentó como si quisiera hacerme compañÃa; pero, en vez de conversar, cogió un libro, fijó la mirada en una página y empezó a susurrar algo que sonaba a oración o letanÃa. Una luz amarillenta iluminó desde el cielo su calvicie; su figura continuó en la sombra, profunda y purpúrea; inmóvil como una estatua, pareció olvidarse de mà con sus plegarias; sólo levantaba los ojos cuando un rayo más violento o un estruendo más cercano señalaban la proximidad del peligro; ni siquiera entonces alzaba la vista con miedo, sino con reverencia. Yo también me sentÃa sobrecogida; pero, como no era presa del terror, mis pensamientos y observaciones eran libres.