Villette
Villette A decir verdad, empezaba a pensar que el viejo sacerdote se parecía a aquel père Silas ante el que yo me había arrodillado en la iglesia del Beguinaje. Lo recordaba vagamente, pues sólo había visto a mi confesor de perfil y en la penumbra, pero creía advertir cierta semejanza: también me dio la impresión de reconocer su voz. Mientras le contemplaba, resultó evidente que él percibía mi escrutinio; me volví para observar la estancia; también había algo misterioso en ella.
Junto a una cruz curiosamente tallada en viejo marfil —que el tiempo había vuelto amarillo—, y que descansaba sobre un prie-dieu[343] granate, debidamente acompañada de un rico misal y de un rosario de ébano, colgaba el cuadro cuyo oscuro contorno había llamado antes mi atención, el cuadro que se movió y desapareció con la pared, dejando entrar a los fantasmas. Mal iluminado, me había parecido una Madona; ahora que entraba la luz, resultó ser el retrato de una mujer vestida de monja. El rostro, sin ser hermoso, era agradable; pálido, joven y ensombrecido por el dolor o la mala salud. Repito que no era hermoso, ni siquiera interesante; su encanto residía en la fragilidad de su cuerpo, en la inactividad de sus pasiones, en la aquiescencia de sus hábitos; y, sin embargo, estuve contemplándolo mucho tiempo, y no podía dejar de mirarlo.