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El viejo sacerdote, que al principio me había parecido tan sordo y tan decrépito, debía de conservar sus facultades en bastante buen estado; aunque daba la impresión de estar absorto en su libro, y jamás levantó la cabeza ni volvió los ojos, que yo supiera, comprendió con claridad qué llamaba mi atención y, con voz lenta y clara, vertió estos cuatro comentarios:

—Fue muy querida. Dedicó su vida a Dios. Murió muy joven. Todavía es recordada, todavía es llorada.

—¿Por esa dama, madame Walravens? —pregunté, creyendo haber descubierto en el terrible malhumor de aquella anciana una pena inconsolable por la muerte de un ser querido.

El sacerdote lo negó con la cabeza, esbozando media sonrisa.

—No, no —exclamó—; el cariño de una grand-dame por los hijos de sus hijos puede ser considerable, y el dolor por su pérdida muy profundo; pero sólo su prometido, al que el Destino, la Fe y la Muerte negaron tres veces la dicha de la unión, llora lo que ha perdido, como todavía se llora a Justine Marie.


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