Villette
Villette —La llevó a su casa, y —prosiguió el sacerdote con lágrimas sinceras en los ojos— aquà nos da cobijo a mÃ, su antiguo tutor, y a Agnes, una vieja criada de la familia de su padre. Sé que dedica tres cuartas partes de sus ingresos a mantenernos y a hacer otras obras de caridad, y que, con el resto, se compra algo de pan y se paga el más modesto de los alojamientos. Todo esto ha impedido que se vuelva a casar: se ha entregado a Dios y a su novia angelical como si fuera un ministro del Señor, al igual que yo.
El sacerdote se enjugó las lágrimas antes de decir estas últimas palabras y, al pronunciarlas, alzó la vista unos instantes para fijarse en mÃ. Reparé en su mirada, a pesar de lo furtiva que fue; el brillo momentáneo de sus ojos reflejó algo que me impresionó.