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Estos católicos son seres extraños. De pronto uno de ellos —al que no conoces más que al último inca del Perú o al primer emperador de China— parece saberlo todo de ti; y tiene sus motivos para decirte esto y lo otro cuando tú crees que sus palabras surgen espontáneamente, obedeciendo a un impulso: su plan establece que irás tal día, a tal lugar, bajo tales y tales circunstancias, cuando, en tu torpe ingenuidad, todo te parece fruto de la casualidad o del compromiso. El mensaje y el obsequio que madame Beck había recordado súbitamente, mi inocente embajada a la place de los Reyes Magos, el anciano sacerdote bajando, de manera fortuita, los escalones y cruzando la plaza, su intervención en mi defensa para que la bonne no me impidiera el paso, su reaparición en las escaleras, mi llegada a aquel gabinete, el retrato, la historia narrada voluntariamente con tanta amabilidad… todos aquellos pequeños incidentes, tomados de uno en uno, parecían no guardar relación entre sí, un puñado de cuentas sueltas; pero, ensartados por la mirada astuta y penetrante de unos ojos jesuíticos, formaban un rosario tan largo como el del prieu-dieu. ¿Dónde estaba el punto de enlace, el pequeño cierre de aquel collar monacal? Veía o sentía la unión, pero era incapaz de encontrar el lugar, o descubrir el enganche.

Es posible que mi ensimismamiento resultara un tanto sospechoso; el sacerdote me interrumpió con delicadeza.


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