Villette
Villette —Mademoiselle —dijo—, confÃo en que no tenga que ir muy lejos por esas calles inundadas.
—Más de media legua.
—¿Vive usted…?
—En la rue Fossette.
—¿No… no será en el pensionnat de madame Beck? —inquirió con animación.
—En efecto.
—Donc —exclamó, juntando las manos—, donc, vous devez connaître mon élève, mon Paul[345]?
—¿Monsieur Paul Emanuel, el profesor de literatura?
—Él y ningún otro.
Se hizo el silencio. El cierre del eslabón se volvÃa súbitamente palpable; sentà que se abrÃa al presionarlo.
—La persona de la que ha estado hablando, ¿era monsieur Paul? —pregunté en seguida—. ¿Es él su discÃpulo y el benefactor de madame Walravens?
—SÃ, y de Agnes, la vieja criada; y además —señaló con cierto énfasis— era y es el enamorado fiel, constante y eterno de esa santa del Cielo… Justine Marie.
—Y ¿quién es usted, padre? —continué; y, aunque recalqué mis palabras, resultaron casi superfluas; yo sabÃa de antemano la respuesta que iba a darme.