Villette
Villette —Yo, hija mÃa, soy père Silas; ese indigno hijo de la Santa Iglesia, al que en una ocasión usted honró con una noble y conmovedora confidencia, mostrándome el fondo de un corazón y el santuario interior de un alma que, para ser sincero, codicié dirigir por el bien de la única fe verdadera. No la he perdido de vista ni un dÃa, ni he dejado una hora de interesarme profundamente por usted. Sometida a la disciplina de Roma, moldeada por sus elevadas enseñanzas, inoculada con sus beneficiosas doctrinas, inspirada por el fervor que sólo ella proporciona… me doy cuenta de cuál podrÃa ser su categorÃa espiritual, su valor práctico; y envidio su presa a la HerejÃa.
Me pareció una situación muy singular. Me imaginé, asimismo, en esas circunstancias: sometida a la disciplina, moldeada, educada, inoculada, etcétera.
«Eso nunca», pensé, pero contuve mi disgusto y seguà sentada sin perder la calma.
—Supongo que monsieur Paul no vive aquÃ, ¿verdad? —exclamé, continuando con un tema que consideré más a propósito que los sueños descabellados de una renegada.