Villette
Villette —No; sólo viene de vez en cuando para adorar a su querida santa, confesarse conmigo y presentar sus respetos a la que llama su madre. Su alojamiento sólo tiene dos habitaciones; no tiene criado, pero no permitirÃa que madame Walravens vendiera esas espléndidas joyas con las que usted la ha visto engalanada, y de las que ella se enorgullece puerilmente por ser los adornos de su juventud y las últimas reliquias de la fortuna de su hijo, el joyero.
«Cuántas veces me ha parecido —pensé— que ese hombre, ese monsieur Emanuel, carecÃa de magnanimidad en las cosas nimias; y, sin embargo, ¡qué grande es en las cosas importantes!».
Reconozco que no consideré entre las pruebas de su grandeza ni el acto de la confesión ni la adoración de los santos.
—¿Hace cuánto tiempo que murió esa dama? —pregunté, mirando a Justine Marie.
—Veinte años. Era algo mayor que monsieur Emanuel; entonces él era muy joven, pues ahora no tiene más de cuarenta años.
—¿Aún la llora?
—Su corazón siempre la llorará: la esencia del carácter de Emanuel es… la fidelidad.
Lo dijo con gran énfasis.