Villette
Villette Y de pronto salió el sol, pálido y acuoso; la lluvia seguía cayendo, pero la tormenta había amainado; el ardiente firmamento, después de partirse, había arrojado sus relámpagos. Si me retrasaba más, apenas me quedaría luz para volver a casa, así que me levanté, y agradecí al sacerdote su hospitalidad y su relato. Me respondió benévolamente con un pax vobiscum[346], que recibí con agrado, pues me pareció reflejar una bondad sincera; pero me gustó menos la misteriosa frase que lo acompañó:
—Hija mía, ¡usted será lo que será!