Villette
Villette —Nunca lo olvidaré.
—No ha asociado usted las dos ideas; serÃa una locura, ¿verdad?
—Pensé en la aparición en cuanto vi el retrato —respondÃ, lo cual era una verdad como un templo.
—Supongo que no se le pasó por la cabeza… ni se le pasará —prosiguió— que una santa del Cielo pueda inquietarse por sus rivales en la tierra… Los protestantes rara vez son supersticiosos; ¿jamás le atormentan esas morbosas fantasÃas?
—No sé qué pensar de este asunto; pero estoy convencida de que algún dÃa encontraremos una solución perfectamente natural a este aparente misterio.
—Sin duda, sin duda. Además, ninguna mujer viva, y mucho menos un espÃritu puro y feliz, se molestarÃa por una amistad como la nuestra, n’est-il pas vrai[366]?
Antes de que pudiera contestar, irrumpió Fifine Beck, sonrosada y brusca, diciendo que me buscaban. Su madre se marchaba a la ciudad para visitar a una familia inglesa que querÃa conocer detalles sobre el colegio: necesitaba mis servicios de intérprete. La interrupción no fue inoportuna: el dÃa tiene males más que suficientes; el bien de aquella hora bastaba. Sin embargo, me habrÃa gustado preguntar a monsieur Paul si las «morbosas fantasÃas» contra las que me prevenÃa anidaban en su propio cerebro.