Villette
Villette Se lo conté; después de unos instantes de silencio, y con una sonrisa pensativa, me confesó que un temor muy similar —que yo me cansara de él, un hombre de temperamento tan difÃcil e inestable— le habÃa atormentado muchos dÃas, incluso meses.
Sus palabras me dieron serenidad. Me atrevà a decirle unas frases tranquilizadoras. No sólo las aceptó; me pidió que las repitiera. Me sentà muy dichosa, extrañamente dichosa, de procurarle paz, alegrÃa y seguridad. La vÃspera, habrÃa sido incapaz de creer que la tierra tuviese, o que la vida ofreciera, momentos como los que estaba viviendo. Innumerables veces me habÃa tocado en suerte contemplar cómo la tristeza se cernÃa oscuramente sobre mÃ; pero ver cómo una felicidad inesperada tomaba forma, se hacÃa un hueco, y se volvÃa más real a medida que transcurrÃan los segundos era ciertamente una nueva experiencia.
—Lucy —dijo monsieur Paul, hablando en voz baja y sosteniendo todavÃa mi mano—, ¿se fijó usted en el cuadro que habÃa en el boudoir de la vieja casa?
—SÃ; una tabla.
—¿El retrato de una monja?
—SÃ.
—¿Conoce su historia?
—SÃ.
—¿Recuerda lo que vimos aquella noche en el berceau?