Villette

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Existe en los enamorados cierta pasión irracional por el egotismo; quieren tener un testigo de su felicidad, sin importarles el precio que ese testigo deba pagar por ello. Paulina había prohibido las cartas, pero el doctor Bretton escribía; ella estaba decidida a no contestarle, pero lo hacía, aunque fuese únicamente para reprenderlo. Me mostró esas misivas; con algo de la obstinación de niña mimada, y de la altivez de rica heredera, me obligó a leerlas. Al ver las palabras de Graham, apenas me extrañé de su exacción, y comprendí su orgullo: eran cartas magníficas, varoniles y cariñosas, modestas y galantes. Las de Paulina debieron de parecerle a él maravillosas. No las había escrito para mostrar su talento; y menos aún, en mi opinión, para expresar su amor. Al contrario, parecía haberse impuesto la tarea de ocultar ese sentimiento, y refrenar el ardor de su enamorado. Pero ¿cómo iban semejantes misivas a servir para semejante propósito? Quería a Graham como a su propia vida; el joven la atraía como un poderoso imán. Todo lo que él decía, escribía, pensaba o miraba ejercía sobre ella una influencia indescriptible. Esa confesión inconfesada resplandecía en sus cartas; parecía encenderlas desde el encabezamiento hasta la despedida.




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