Villette
Villette —Me gustarÃa que papá lo supiera; ¡ojalá lo supiera! —repetÃa entre dientes, inquieta—. Lo deseo y, sin embargo, lo temo. Me cuesta impedir que Graham se lo diga. No hay nada que desee más que arreglar este asunto… y hablar con franqueza; pero me aterroriza la crisis. Sé con certeza que papá se enfadará al principio; tengo miedo de que casi me odie; le parecerá algo indigno; será una sorpresa, un golpe; apenas puedo prever el efecto que causará en él.
Lo cierto es que su padre empezaba a despertar de un largo ensueño: una luz inoportuna empezaba a disipar su larga ceguera.
A ella no le dijo nada; pero, cuando la joven no le miraba o tal vez pensaba en él, reparé en cómo la observaba y meditaba.
Un atardecer en que Paulina estaba en su vestidor, supongo que escribiendo a Graham, y me habÃa dejado leyendo en la biblioteca, vi entrar a monsieur de Bassompierre; se sentó: cuando me disponÃa a retirarme, me pidió que me quedara… amablemente, aunque de un modo que reflejaba el deseo de ser obedecido. Se habÃa sentado cerca de la ventana, a cierta distancia de mÃ; abrió un escritorio; sacó de él lo que parecÃa un memorándum; estudió varios minutos algunas de sus anotaciones.
—Señorita Snowe —exclamó, dejando el cuaderno a un lado—, ¿sabe qué edad tiene mi hija?
—Unos dieciocho años, ¿no es asÃ, señor?