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Aquella pareja se vio ciertamente bendecida, pues los años les trajeron grandes bondades y prosperidad; y las repartieron generosamente, aunque con prudencia. No hay duda de que llevaron su cruz, y conocieron las decepciones y las dificultades; pero las soportaron con entereza. En más de una ocasión tuvieron, asimismo, que mirar a Aquél[386] cuyo rostro los mortales apenas pueden contemplar y seguir viviendo: deben pagar su tributo al Rey de los Horrores. En la plenitud de sus facultades, murió monsieur de Bassompierre; y, a edad muy avanzada, dejó este mundo Louisa Bretton. Incluso en una ocasión se elevó en su morada el grito de Raquel llorando por sus hijos[387]; pero nacieron otros hermosos y sanos que ocuparon el lugar del perdido: el doctor Bretton se vio perpetuado en un hijo que heredó su físico y su carácter; y también tuvo unos magníficas hijas, muy parecidas a él. Los educó con mano suave, pero firme; crecieron de acuerdo con su herencia y formación.

En pocas palabras, sólo digo la verdad cuando escribo que las vidas de Graham y Paulina se vieron bendecidas como las del hijo predilecto de Jacob, con «bendiciones del Cielo y bendiciones del abismo que se extiende abajo[388]». Y fue así porque Dios lo consideró bueno.



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