Villette
Villette Además de la madre de Fifine Beck, otra autoridad tenÃa algo que decirnos a monsieur Paul y a mà antes de que ese tratado de amistad pudiera ser ratificado. Estábamos bajo la surveillance[367] de un ojo que nunca dormÃa: Roma vigilaba celosamente a su hijo a través de aquella misteriosa celosÃa ante la que yo una vez me habÃa arrodillado, y a la que monsieur Emanuel se acercaba un mes tras otro: el panel corredizo del confesionario.
¿Por qué me alegraba tanto de ser amiga de monsieur Paul?, se preguntará el lector. ¿Acaso él no llevaba mucho tiempo siendo amigo mÃo? ¿No habÃa dado pruebas más que suficientes de cierta parcialidad en sus sentimientos?
SÃ, lo habÃa hecho; pero me gustaba oÃrle decir con tanta seriedad que era mi amigo inseparable, verdadero; me gustaban sus pequeñas dudas, su tierna deferencia, esa confianza que anhelaba descansar, y agradecÃa que le enseñaran cómo. Me habÃa llamado «hermana». Estaba bien. SÃ; podÃa llamarme lo que quisiera siempre que confiase en mÃ. Estaba dispuesta a ser su hermana con la condición de que no me sugiriera guardar esa relación de parentesco con alguna futura esposa; aunque, al estar tácitamente consagrado al celibato, no era probable que ese dilema se planteara.
