Villette

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Súbitamente, la profunda confusión que reinaba en mí se desvaneció; el enigma de la esfinge se había esclarecido; la unión de aquellos dos nombres, père Silas y monsieur Emanuel, era la clave. El penitente había estado con su director espiritual; éste no permitía que le ocultara nada; no soportaba que un recoveco de su corazón dejara de estar consagrado a Dios y a sí mismo; le había sonsacado nuestra última conversación; monsieur Paul le había confesado nuestro pacto de amistad y le había hablado de su hermana adoptiva. ¿Cómo podía la Iglesia tolerar semejante pacto, semejante adopción? ¡Comunión fraternal con una hereje! Me parecía oír a père Silas anulando el pecaminoso pacto; advirtiendo de sus peligros a su penitente; pidiéndole, imponiéndole cautela, más aún, ordenándole —con la autoridad de su cargo y en nombre de todo lo que monsieur Emanuel consideraba más querido y sagrado— que respetara aquel nuevo trato cuya frialdad me había llegado al alma.

Tal vez fuera una hipótesis muy poco agradable; pero, en comparación, le di la bienvenida. La idea de un agitador espiritual en segundo plano no era nada al lado del temor a un cambio repentino en el propio monsieur Paul.

Después de tanto tiempo, no sé hasta qué punto esas conjeturas salieron de mi interior o tuvieron su origen y confirmación en otra parte. Ayuda no faltaba.


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