Villette
Villette —¡Oh, Dios, ten misericordia de una pecadora como yo!
Cuando hube declarado asà mi fe, y hube abierto una separación tan grande entre nosotros… entonces, finalmente, nació un tono armonioso, un eco sensible, una dulce armonÃa entre dos espÃritus en conflicto.
—Digan lo que digan los sacerdotes y los amantes de la polémica —dijo en voz baja monsieur Emanuel—, Dios es bueno y ama a todas las personas sinceras. Crea, pues, lo que pueda; créalo como pueda; una oración, por lo menos, tenemos en común; yo también grito: «Oh, Dieu, sois apaisé envers moi qui suis pécheur[381]!».
Se apoyó en el respaldo de mi silla. Después de unos instantes de silencio, prosiguió: