Villette
Villette Y, después de tranquilizar mi conciencia con esta declaración, logré proseguir y, con mayor fluidez de la habitual, le conté que me proponía conservar mi religión reformada; y que, cuanto más veía del papismo, más me aferraba al protestantismo. Sin duda había errores en todas las Iglesias, pero ahora comprendía cuán pura y austera era la mía, en comparación con aquélla cuyo rostro pintado y llamativo habían destapado para conquistar mi admiración. Le expliqué cómo nosotros guardábamos menos formulismos entre nosotros y Dios; conservando únicamente, quizá, la esencia de su humanidad en la misa, necesaria para la debida observancia. Le dije que yo no podía mirar las flores y el oropel, los cirios y los bordados, en momentos y circunstancias que debían estar dedicados a levantar la vista secreta hacia Aquél cuyo hogar es el Infinito y su ser, la Eternidad. Que, cuando pensaba en el pecado y el dolor, en la corrupción terrena, en la depravación mortal, en las abrumadoras penas temporales… no podía atender a los sacerdotes que cantaban o a los oficiantes que murmuraban; que, cuando los males de la existencia y los temores de la disolución me atormentaban, cuando la poderosa esperanza y la duda infinita del futuro aparecían ante mi vista, entonces, incluso el discurso científico, o la oración en una lengua culta y muerta, hostigaban a un corazón que sólo deseaba llorar.