Villette
Villette A muchas personas —hombres y mujeres—, sin duda muy superiores a mà en innumerables aspectos, les ha impresionado ese espectáculo, y han explicado que, aunque su Razón protestaba, su Imaginación se hallaba subyugada. No puedo decir lo mismo. Ni las procesiones, ni las misas mayores, ni el enjambre de cirios, ni el balanceo de los incensarios, ni los lujosos ropajes eclesiásticos, ni las joyas celestiales despertaron mi interés. Cuanto vi me pareció ostentoso, no majestuoso; groseramente material, no poéticamente espiritual.
No se lo conté a père Silas; era anciano, parecÃa vulnerable, y, a pesar de los experimentos frustrados y de las constantes decepciones, seguÃa mostrándose amable conmigo, y me dolÃa herir sus sentimientos. Pero cierta tarde en que, desde la terraza de una gran mansión, me hicieron presenciar un gran desfile en el que se mezclaban la iglesia y el ejército —sacerdotes con reliquias, soldados con armas, un arzobispo viejo y obeso con un hábito de batista y encaje, extrañamente parecido a un grajo con el plumaje de un ave del paraÃso, y un grupo de muchachas maravillosamente ataviadas y engalanadas—, abrà mi corazón a monsieur Paul.
—No me ha gustado —le dije—; soy incapaz de respetar esa clase de ceremonias; no deseo presenciarlas más.