Villette
Villette Dejé la pluma y salí de la estancia. ¿Sola? No, madame no lo permitió: al no poder detenerme, se levantó y me siguió de cerca, como si fuera mi sombra. Me volví en el último escalón:
—¿Me acompaña? —pregunté.
—Sí —dijo, con un mirada extraña: velada, pero decidida.
Reanudamos la marcha, no juntas, pero ella me seguía a dos pasos.
Él había venido. Le vi al entrar en la clase de primero. Allí, una vez más, se encontraba la figura más familiar. Sin duda habían tratado de impedir que regresara, pero él había venido.
Las alumnas formaban un semicírculo; él iba de una en una, diciéndoles adiós, estrechando sus manos, besando sus dos mejillas. Esta última ceremonia, una costumbre extranjera, sólo se permitía en una despedida como aquélla, tan solemne y prolongada en el tiempo.
Me pareció muy cruel que madame Beck me persiguiera de ese modo, sin quitarme los ojos de encima; mi cuello y mis hombros se estremecían febriles bajo su aliento; me sentía terriblemente hostigada.