Villette
Villette Escuché como jamás habÃa escuchado; escuché como un lobo en un anochecer de invierno, olfateando la nieve, oliendo su presa, y escuchando en la lejanÃa los pasos del viajero. Aún asÃ, podÃa escuchar y escribir al mismo tiempo. Hacia la mitad de la carta, oà unas pisadas en el vestÃbulo y mi pluma se detuvo en seco. No habÃa sonado la campanilla; Rosine, sin duda obedeciendo órdenes, se habÃa adelantado a ella. Madame Beck me vio detenerme. Tosió, armó un poco de ruido, habló más fuerte. Los pasos siguieron en dirección a las clases.
—Continúe —dijo madame.
Pero mis manos estaban esposadas; mis oÃdos, encadenados; mis pensamientos, muy lejos y cautivos.
Las aulas constituÃan otro edificio; el vestÃbulo las separaba de la vivienda: a pesar de la distancia y de la división, oà el súbito revuelo de un curso entero poniéndose en pie.
—Están guardando libros y cuadernos —señaló madame.
Lo cierto es que era la hora de hacerlo, pero ¿por qué reinaba de pronto aquel silencio? ¿Por qué habÃa cesado el tumulto?
—Espere, madame… iré a ver qué pasa.