Villette
Villette Monsieur Emanuel habría podido pasar al alcance de mi mano: si lo hubiera hecho en silencio y sin llamar la atención, le habría dejado marchar silenciosa e inmóvil.
La mañana llegó a su fin. Dio paso a la tarde, y pensé que todo había terminado. Mi corazón palpitaba. La sangre no parecía correr por mis venas. Me sentía muy mal, apenas podía seguir en mi puesto y hacer mi trabajo. Sin embargo, el pequeño mundo que me rodeaba seguía girando como si nada; todos parecían alegres, sin preocupaciones, temores o pensamientos. Las mismas alumnas que, siete días antes, habían llorado histéricamente al oír la sorprendente noticia, parecían haber olvidado el incidente, su importancia, y la emoción que les había embargado.
Poco antes de las cinco, hora en que finalizaban las clases, madame Beck me pidió que fuera a sus habitaciones para leer y traducir una carta inglesa que le habían enviado, y escribir una respuesta. Antes de entregarme a esa tarea, observé que cerraba suavemente las dos puertas de la sala; cerró incluso la ventana, aunque era un día caluroso y ella, por lo general, consideraba indispensable que el aire circulara. ¿Por qué tanta precaución? Una tremenda sospecha, una desconfianza casi irracional suscitaron la pregunta. ¿Quería impedir que entrara un sonido? ¿Qué sonido?