Villette

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Esa alternativa no pareció inquietar a ningún ser viviente de aquel colegio. Todos se levantaron a la hora acostumbrada; todos desayunaron como siempre; todos, al parecer, sin referirse ni pensar en su antiguo profesor, se dirigieron con flema a sus quehaceres cotidianos.

Tan olvidadizo era el pensionnat, tan acomodaticio, tan disciplinado en sus actos, tan poco inquieto… que apenas sabía cómo respirar en aquella atmósfera densa y asfixiante. ¿Nadie me prestaría una voz? ¿Nadie expresaría un deseo, una palabra, una oración a la que yo pudiera responder «amén»?

Había visto a alumnas y profesoras pedir de manera unánime cualquier insignificancia: un festín, un día libre, la anulación de una clase; pero no podían, no querían unirse ahora para asediar a madame Beck y reclamar una última entrevista con un profesor muy querido, al menos por algunas (querido como ellas sabían querer); pero ¿qué es el amor de la multitud?

Sabía dónde vivía: sabía dónde podía oírle o hablar con él; apenas estaba a un tiro de piedra; si hubiera estado en la estancia contigua, ¿de qué me habría valido saberlo si él no me llamaba? Seguir, buscar, recordar, llamar… Para esas cosas yo no tenía el menor talento.


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