Villette
Villette Su elocuente mirada tenÃa algo más que decir, su mano me acercó a él, sus labios se movieron. No. No era el momento. En aquel sendero, a la luz del crepúsculo, dos figuras inquietantes nos interrumpieron: una mujer y un sacerdote, madame Beck y père Silas.
Jamás olvidaré el aspecto de este último. En un primer momento, expresó una sensibilidad propia de Jean-Jacques[394], suscitada por las muestras de afecto que acababa de sorprender; luego, inmediatamente, ésta se vio oscurecida por el resentimiento de unos celos eclesiásticos. Se dirigió a mà con afectación. Miró a su discÃpulo con severidad. En cuanto a madame Beck, ella, por supuesto, no vio nada… nada; aunque su primo retenÃa en su presencia la mano de una hereje extranjera, sin permitir que la retirara, asiéndola con fuerza.
Después de aquel episodio, el anuncio repentino de su marcha me pareció, al principio, increÃble. Sólo la constante repetición, y el convencimiento de las ciento cincuenta personas que me rodeaban, me obligaron a aceptarlo. En cuanto a aquella semana de incertidumbre, con sus dÃas vacÃos pero ardientes, sin que él me diera la menor explicación… los recuerdo, pero soy incapaz de describir cómo transcurrieron.
Llegó el último dÃa. Él nos visitarÃa. Él vendrÃa a decirnos adiós, o desaparecerÃa en silencio, y jamás volverÃamos a verlo.