Villette

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¡Qué lecciones tan apacibles disfruté aquellos días! ¡No más sarcasmos sobre mi «intelecto», no más amenazas de angustiosas exhibiciones públicas! Con qué dulzura la recelosa burla y la más recelosa y apasionada alabanza se vieron sustituidas por una ayuda muda e indulgente, un consejo cariñoso, y una delicada paciencia que perdonaba pero no prodigaba elogios. Había veces en que se sentaba un rato conmigo y no despegaba los labios; y, cuando el crepúsculo o el deber nos separaban, se despedía con palabras como éstas:

—Il est doux, le repos! Il est précieux, le calme bonheur[392]!

Un atardecer, unos diez días antes, monsieur Paul apareció mientras paseaba por l’allée défendue. Me cogió la mano. Miré su rostro; pensé que deseaba captar mi atención.

—Bonne petite amie! —exclamó con ternura—. Douce consolatrice[393]!

Al sentir su tacto y escuchar sus palabras, una emoción nueva, una idea extraña se abrieron paso en mi interior. ¿Estaría convirtiéndose en algo más que un amigo o un hermano? ¿Acaso había en su expresión una solicitud que rebasaba los límites de la fraternidad o la amistad?


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