Villette
Villette Nada podía aliviar lo que yo sentía, y ¿cómo podía evitar sentirme así? Monsieur Emanuel había sido muy bondadoso conmigo en los últimos tiempos; cada vez se portaba mejor y era más amable. Hacía un mes que habíamos dirimido nuestras diferencias teológicas, y no habíamos vuelto a discutir. Tampoco nuestra paz era la fría consecuencia del divorcio; no nos habíamos alejado; monsieur Paul había venido con más frecuencia a la rue Fossette, había hablado conmigo mucho más que antes; había pasado horas conmigo, con ánimo sereno, expresión alegre y modales apacibles y hogareños. Habían surgido entre nosotros agradables temas de conversación; me había preguntado qué planes tenía en la vida, y yo le había hablado de ellos; el proyecto de abrir un colegio le gustó; me pidió que se lo contara varias veces, aunque fuera hacer castillos en el aire. Las desavenencias habían terminado; reinaba entre los dos un entendimiento mutuo; los sentimientos de unión y esperanza habían anidado en nuestros corazones; el cariño, la profunda estima y la confianza creciente habían estrechado sus lazos.