Villette

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En cuanto a los obstáculos que encontraría, no tendría que salvar siquiera el chirrido de un gozne o el chasquido de un pestillo. En aquellas calurosas noches de julio, la temperatura era sofocante, y la puerta del gran dormitorio se dejaba abierta de par en par. Las tablas del suelo, ¿sostendrán mis pasos sin delatarme? Sí. Sé dónde están un poco sueltas, y evitaré pisarlas. La escalera de roble cruje cuando desciendo por ella, pero no de un modo exagerado: he llegado al carré.

Las puertas del aula grande están cerradas; tienen echado el cerrojo. El acceso al pasillo, por el contrario, se encuentra abierto. Las clases me parecen enormes y lúgubres cárceles, enterradas lejos del bullicio, y sólo traen a mi memoria recuerdos terribles y espectrales, que yacen desconsolados entre sus lechos de paja y sus grilletes. El corredor ofrece un panorama risueño, y conduce al vestíbulo principal que sale directamente a la calle.

¡Chist! El reloj da la hora. A pesar del silencio fantasmal que reina en el convento, son sólo las once. Mientras oigo enmudecer el último toque, percibo en la lejanía el sonido de campanas y de una banda de música: un sonido en el que se mezclan la dulzura, la victoria y el duelo. ¡Cómo me gustaría acercarme a esa música y escucharla a solas desde la orilla del estanque! Dejadme ir… dejadme ir. ¿Qué me lo impide? ¿Qué se opone a mi libertad?


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