Villette
Villette Unos dÃas antes, mientras paseaba, habÃa visto —sin prestarle demasiada atención— un hueco en la valla, una estaca rota; y aquel recuerdo volvÃa ahora a mi memoria, con total nitidez: la estrecha e irregular abertura, visible entre las ramas de los tilos, plantados ordenadamente como una columnata. Un hombre no lograrÃa pasar por ella, ni una mujer corpulenta; no creo que madame Beck fuera capaz, pero quizá yo lo consiguiese: pensé que me gustarÃa intentarlo y, una vez dentro, a aquella hora, todo el parque serÃa mÃo: ¡el parque de la medianoche, a la luz de la luna!
¡Cuán profundamente dormÃa el gran dormitorio! ¡Qué sueños tan insondables! ¡Qué respiraciones tan tranquilas! ¡Cuán silenciosa se hallaba la gigantesca casa! ¿Qué hora serÃa? Me entraron ganas de saberlo. HabÃa un reloj en la classe, escaleras abajo; ¿qué me impedÃa aventurarme a consultarlo? Con aquella luna, su enorme rostro blanco y sus números negros como el azabache se verÃan con claridad.