Villette
Villette Hizo que el trémulo brillo de la oscuridad, los estrechos límites y el calor sofocante del dormitorio resultaran insoportables para mis asombrados sentidos. Me convenció de que abandonase aquella madriguera y la siguiera entre el rocío, el frescor y la gloria.
Me proporcionó una extraña visión de Villette a medianoche. Me mostró sobre todo el parque, el parque de verano, con sus largos paseos silenciosos, solitarios y seguros; entre ellos había un enorme estanque de piedra —que yo conocía bien, pues había pasado muchos ratos en su orilla—, hundido entre frondosos árboles, rebosante de agua fresca, clara, y con un lecho verdoso de hojas y de juncos. Pero ¿cómo llegar allí? Las puertas del parque estaban cerradas, un centinela las vigilaba; era imposible entrar.
¿Era imposible? Merecía la pena reflexionar sobre aquello; y, mientras daba vueltas al asunto, me vestí maquinalmente. Incapaz de dormir o de seguir acostada, presa de intensa agitación, ¿qué otra cosa podía hacer?
Las verjas estaban cerradas, los soldados se hallaban junto a ellas; ¿acaso no existía otro modo de entrar en el parque?