Villette

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Cuando divisé a la pequeña, estaba dando vueltas sobre sus talones, saltando de la mano de su guardiana, brincando caprichosamente de un lado a otro mientras hacía los giros más increíbles. Aquellos extraños movimientos atrajeron mi atención, y me resultaron terriblemente familiares. Al observarlos con más detenimiento, me ocurrió lo mismo con la vestimenta de la niña; el delantal de seda lila, la pequeña boa de plumón, el sombrero blanco… en pocas palabras, el atuendo de fiesta de ese querubín tan conocido, de ese renacuajo de Désirée Beck; y Désirée Beck era, en efecto… ella o un diablillo muy parecido.

Aquel descubrimiento tendría que haber caído sobre mí como un trueno, pero semejante hipérbole habría sido prematura; la temperatura subiría varios grados más antes de alcanzar su clímax.

¿En qué manos podía balancearse la afable Désirée con tanto egoísmo, qué guante podía arrancar con tanta temeridad, de qué brazo podía tirar con tanta impunidad, los bordes de qué vestido podía pisotear con tanta insolencia? Tenían que ser la mano, el guante, el brazo y el vestido de su madre. Y en aquel lugar, con su chal indio y un sombrero de crepé verde pálido, en aquel lugar —fresca y lozana, corpulenta y risueña—, se encontraba madame Beck.


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