Villette
Villette Cogí la rue Fossette y, al llegar al pensionnat, reinaba la calma; no había llegado el coche de punto con madame y Désirée. Yo había dejado la enorme puerta entreabierta, ¿la encontraría así? Es posible que el viento o algún otro accidente la hubieran empujado hasta cerrar el pasador. En ese caso, me resultaría imposible entrar; mi aventura terminaría en catástrofe. Empujé suavemente el portón: ¿cedería?
Sí. Tan silencioso, tan dócil, como si un genio bueno hubiera esperado en el vestíbulo el «¡Ábrete, Sésamo!». Entré conteniendo la respiración, corrí descalza escaleras arriba, busqué el gran dormitorio y llegué a mi cama.
¡Sí! Llegué a ella, y volví a respirar con libertad. Un instante después, estuve a punto de gritar… estuve a punto, pero ¡gracias a Dios!, no lo hice.
En todo el dormitorio, en toda la casa, reinaba a esas horas un silencio sepulcral. Sus habitantes dormían y, en medio de tanta quietud, nadie parecía soñar. Tendidas cuan largas eran en las diecinueve camas, yacían, inmóviles, diecinueve figuras. Mi lecho, el número veinte, tendría que haber estado desocupado: lo había dejado vacío, y vacío debía encontrarlo. ¿Qué veía, entonces, entre las cortinas medio descorridas?