Cumbres Borrascosas
Cumbres Borrascosas —Pero Nelly, si yo le derribara veinte veces, eso no le harÃa a él menos guapo y a mà más. Me gustarÃa tener el pelo rubio, y la piel blanca, y vestir y comportarme como él, y tener la posibilidad de llegar a ser tan rico como lo será él.
—Y llamar a mamá a cada momento —añad×, y temblar si un chico del campo levantara su puño contra ti, y quedarte en casa todo el dÃa porque cae un chaparrón. ¡Oh, Heathcliff, demuestras un espÃritu muy pobre! Ven al espejo y te enseñaré lo que debes desear. ¿Ves esas dos arrugas en el entrecejo, y esas cejas espesas, que en lugar de elevarse en arco se hunden en el centro, y ese par de demonios negros, tan profundamente sepultados, que nunca abren atrevidos sus ventanas, sino que acechan chispeantes por debajo, como espÃas del diablo? Desea y aprende a suavizar esas torvas arrugas, a levantar tus párpados con franqueza, y a cambiar los demonios por ángeles inocentes, confiados, que no sospechen ni duden de nada, y que siempre vean amigos donde no estén seguros de ver enemigos. No pongas esa expresión de rencoroso perro callejero que parece saber que los golpes que recibe se los merece y, no obstante, odia a todo el mundo, incluido el que le pega, por lo que sufre.
—En otras palabras, tengo que desear los grandes ojos azules y lisa frente de Edgar Linton —replicó—. Lo deseo, pero eso no me ayudará a tenerlos.