Cumbres Borrascosas
Cumbres Borrascosas Animé a mi compañero para que se apresurara ahora a mostrarse afable, y obedeció de buen grado, pero su mala suerte quiso que, cuando abrÃa él la puerta de la cocina por un lado, Hindley la abriera por el otro. Se encontraron, y el amo, irritado al verle limpio y alegre, o quizá, ansioso de cumplir la promesa hecha a la señora Linton, le rechazó con un súbito empujón, y airadamente le pidió a Joseph:
—Mantenlo alejado de la habitación… mándalo al desván hasta después de comer. Meterá los dedos en las tartas y robará la fruta si se queda solo un minuto.
—No, señor —no pude por menos de responder—, no tocará nada, no, y supongo que tiene que tener su parte de las golosinas lo mismo que nosotros.
—Tendrá su parte de mi mano, si le vuelvo a coger aquà abajo antes del anochecer —gritó Hindley—. ¡Fuera de aquÃ, vagabundo! ¡Qué! Intentas presumir, ¿no? ¡Espera que te tire de esos elegantes rizos… a ver si te los hago un poco más largos!
—Ya son bastante largos —observó el señorito Linton, asomando por la puerta—. Me extraña que no le den dolor de cabeza. ¡Son como la crin de un potro sobre sus ojos!