Cumbres Borrascosas
Cumbres Borrascosas Aventuró esa observación sin ánimo de insultar, pero el carácter violento de Heathcliff no estaba preparado para aguantar ni una sombra de impertinencia de aquel a quien parecía odiar, ya entonces, como a un rival. Cogió una sopera con salsa de manzana caliente (lo primero que le vino a la mano), y la tiró contra la cara y el cuello del hablante, quien al instante inició un lamento que atrajo apresuradamente a Isabella y a Catherine al lugar. El señor Earnshaw agarró enseguida al delincuente y se lo llevó a su habitación, donde, sin duda, le administró un duro remedio para enfriar su ataque de ira, porque reapareció sofocado y sin aliento. Cogí un paño de cocina y, con cierta maldad, froté la nariz y la boca de Edgar, afirmando que le estaba bien empleado por meterse donde no le llamaban. Su hermana empezó a llorar diciendo que quería irse a casa, y Cathy se quedó allí, confusa y ruborizada por todo.
—No deberías haberle hablado —reconvino al señorito Linton—. Estaba de mal humor, y has echado a perder la visita, le van a pegar, y detesto que le peguen. Se me han quitado las ganas de comer. ¿Por qué le hablaste, Edgar?
—No le hablé —sollozó el muchacho, escapando de mis manos y acabando el resto de la limpieza con su pañuelo de batista—. Prometí a mamá que no le diría una palabra, y no se la he dicho.