Cumbres Borrascosas
Cumbres Borrascosas —Bueno, no llores —replicó Catherine desdeñosamente—. No te han matado. No hagas más travesuras. Viene mi hermano. ¡Cállate! ¡Deja ya de llorar, Isabella! ¿Te ha hecho alguien daño a ti?
—Vamos, vamos, niños… a vuestro sitio —gritó Hindley irrumpiendo animado—. Ese bruto de chico me ha hecho entrar en calor bien. La próxima vez, señorito Edgar, tómese usted la justicia con sus propios puños, eso le abrirá el apetito.
El pequeño grupo recuperó la tranquilidad a la vista del oloroso festÃn. TenÃan hambre después de su paseo, y se consolaron fácilmente, puesto que no habÃan sufrido ningún daño. El señor Earnshaw trinchaba abundantes raciones, y la señora les divertÃa con animada conversación. Yo, que servÃa la mesa, estaba detrás de su silla y me dio pena ver a Catherine, con los ojos secos y aire indiferente, empezar a cortar el ala de ganso que tenÃa delante.